”Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos.” (1 Juan 2:3).
La pregunta más importante en la vida de un creyente es “¿soy verdaderamente salvo?” Creo que pocas cosas tienen tanta importancia, tanta relevancia en nuestra vida. Si somos cristianos sinceros, no evitaremos esta pregunta sino que buscaremos responderla, y lo que es más importante, buscaremos que la respuesta sea afirmativa.
Debido a que conocemos la importancia de la eternidad y no nos tomamos a juego la vida de fe, seremos diligentes y cuidadosos en busca la respuesta a la pregunta anterior.
Quizá una de las mejores maneras en la que podemos saber si somos verdaderamente cristianos, es decir, si hemos nacido de nuevo o no, es mirando las cosas que NO indican que soy salvo y después, descartándolas. El reconocer lo que NO nos identifica necesariamente como hijos de Dios puede ayudarnos en nuestra búsqueda de las cosas que SÍ indican que somos cristianos.
A continuación, quiero presentar una lista de cosas que en primera instancia pueden parecer indicadores de una verdadera conversión. Sin embargo, mirando más a detalle descubrimos que no son indicadores fiables de una vida transformada. En otras palabras, estas cosas que estoy por mencionar no son aspectos fiables para edificar nuestra seguridad de salvación.
1. Porque lo siento en mi corazón. No hay una sola referencia en toda la Biblia que apoye la idea de que puedo estar seguro de que soy salvo porque lo siento en mi corazón. Es más, nada es tan superficial en el marco de las Escrituras como el estado de ánimo y las emociones. De hecho la Biblia nos advierte sobre los engaños del corazón: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9).
2. Porque un día hice una oración para recibir a Cristo. No podemos basar nuestra seguridad de salvación en una oración que hicimos un día. El cristianismo es más que una oración hecha años atrás. Consiste en una vida transformada.
3. Porque asisto y soy un miembro sumamente activo en mi iglesia. Existe un problema muy serio con pensar que porque estoy sirviendo en una iglesia o porque asisto, eso indica que soy salvo. Como seres humanos, somos seres sociales. Eso significa que tenemos una necesidad de aceptación por parte de otros seres humanos. A veces, lo que hace que las personas vayan a la iglesia no es Cristo, ni Dios, sino el ambiente y las personas. Por eso, asistir a la iglesia o servir en ella, no es un indicador fiable de que soy hijo de Dios.
4. Porque me bauticé y di testimonio. En la Biblia hubo también un hombre que se bautizó, el mismo día que supuestamente había creído. Sin embargo, descubrimos que su corazón no fue cambiado. Él muy probablemente se emocionó, se sintió enternecido por la predicación, pero no hubo una verdadera conversión: “Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo. Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás.” (Hechos 8:18-23).
5. Porque me gustan las prédicas o las Meditaciones. Eso tampoco indica que seamos hijos de Dios o que hayamos nacido de nuevo. En la parábola del sembrador, el Señor habló sobre un tipo de personas que reciben con gozo la palabra. Pero cuando vienen los problemas, como no tienen una raíz profunda, su rama se seca y no hay fruto.
6. Porque predico y he visto milagros.
Estas cosas que acabo de mencionar no indican que somos hijos de Dios, aunque los hijos de Dios verdaderos deben hacer muchas de ellas. Es decir, debemos servir en la iglesia, debemos ser bautizados después de creer en Cristo, debemos predicar. Pero lo anterior no es la base de nuestra conversión. Por regla general, estás cosas vienen después de haber creído.
El apóstol Juan, nos ayuda y nos da una pauta que Sí indica que verdaderamente hemos nacido de nuevo. Esto se encuentra en 1 Juan 2:3-6. Dice así: “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.” Es decir, una manera infalible de confirmar si verdaderamente hemos nacido de nuevo es mirando si en verdad hay obediencia a la Palabra de Dios.
Aquella persona que realmente nació de nuevo, será inclinado por el Espíritu Santo a obedecer al Señor con un amor y devoción nuevos que antes no conocía. La vida de tal persona comenzará a adoptar el estilo de vida de la Palabra de Dios. Más y más se verá reflejada esa obediencia en su vida.
No lo hará por obligación ni por imposición, sino por amor y devoción a su Señor. Una persona puede decir que ha conocido a Dios si guarda sus mandamientos. Pero afirmar que conocemos a Dios y vivir en desobediencia insistente y rebelde, es engañarnos a nosotros mismos.
Una evidencia del nuevo nacimiento es que amamos a Dios sinceramente y por ende su Palabra y su mandato está en nosotros. Comenzamos a pensar: “Mi Señor vivió así, yo también debo vivir como Él”. Comenzamos a andar como Él anduvo.
Es aterrador que el juicio mencionado por el Señor en Mateo 7:21-23, no vino sobre las personas porque no fueran a la iglesia o porque no predicaran. Vino sobre ellos porque no hubo ley en su vida a la que se sujetaran. No hubo obediencia sino solo una practica insistente de la maldad.
En este pasaje dice así: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.” La expresión “Hacedores de maldad” significa: “Practicantes de la maldad” o “Desobedientes a la ley de Dios”. Si no hay una ley entonces no puede haber juicio. El problema es que Dios SÍ dió una ley de vida, pero muchos han decido ignorarla.
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